Templo de Debod
- Lucía Faller

- hace 6 días
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El templo de Debod, que en origen se levantaba en la región del Alto Egipto, comenzó a construirse a principios del siglo II a. C. por el rey meroíta Adijalamani. Nació como una pequeña capilla dedicada a Amón, y con el tiempo los reyes de la dinastía ptolemaica fueron añadiendo nuevas estancias alrededor de ese primer núcleo.
Cuando Egipto pasó a formar parte del Imperio Romano, el edificio también se “actualizó” a los gustos del momento: el vestíbulo y la fachada principal se decoraron con relieves donde aparece el emperador Augusto. En esa misma etapa se levantaron además tres pilonos (de los que sólo se conservan dos de sus puertas), una vía procesional, una terraza junto al Nilo y una capilla adicional.
Siglos después, con la cristianización de Nubia, el templo se cerró y quedó abandonado, aunque todavía hoy se perciben señales de ocupación cristiana en el exterior. Durante la Edad Media y la Edad Moderna no cayó del todo en el olvido: lo visitaron nómadas y peregrinos, que dejaron grabados religiosos en sus muros, y en ocasiones también fue utilizado por musulmanes. Cada una de esas presencias fue dejando marcas en la piedra, igual que más tarde harían algunos viajeros románticos e incluso algún soldado napoleónico.
El gran giro llegó en la época contemporánea. En 1898 empezó a construirse una presa en la Primera Catarata para controlar el caudal del Nilo, y sus posteriores ampliaciones tuvieron efectos devastadores: muchos templos y yacimientos nubios quedaron bajo el agua. Y cuando en los años cincuenta del siglo XX se anunció la gran presa de Asuán, que amenazaba con inundar Nubia por completo, se tomó una decisión crucial: salvar los monumentos. Para ello fueron desmontados y permanecieron durante una década almacenados en la isla de Elefantina, a la espera de que se decidiera su destino definitivo.

Debod junto con los templos de Dendur, Taffa y Ellesiya habían sido designados por el gobierno egipcio para ser entregados a los países que más contribuyeran económicamente al salvamento de los monumentos nubios. Debod quedaría en Madrid, Dendur en Nueva York, Taffa en Leiden y Ellesiya en Turín. Es importante recalcar que el templo de Madrid es el único que queda al descubierto, rompiendo en parte uno de los requisitos que pedían cuando los regalaron: los templos debían estar bien cuidados, algo difícil de conseguir teniendo en cuenta las inclemencias climatológicas, contaminación o actos vandálicos.
El lugar escogido en Madrid para instalar el templo fue la montaña del Príncipe Pío. Llegó a la capital en 1970, pero su montaje no fue precisamente sencillo: el edificio estaba prácticamente en ruinas y le faltaban piezas importantes, como la techumbre o parte de la fachada. Además, algunos elementos no pudieron recolocarse en su sitio y se optó por exponerlos dentro, como parte del recorrido museístico.
Durante las tareas de limpieza y retirada de escombros apareció un problema añadido: había muchas piezas sueltas repartidas por el suelo y en numerosos casos no se sabía con certeza dónde encajaban originalmente. Entre esos hallazgos se identificaron, por ejemplo, tres capiteles y varios tambores de columna.

Finalmente, el templo se abrió al público en 1972. En la reconstrucción se respetó algo clave: su orientación original, de este a oeste, un detalle esencial en los templos egipcios por su relación con el culto solar.
También el entorno se transformó por completo. La montaña del Príncipe Pío era entonces un descampado con alguna instalación deportiva y, además, un lugar con mucha carga histórica: allí había estado el Cuartel de la Montaña, destruido durante la Guerra Civil. Con la llegada del templo se remodeló toda la zona, se ajardinó y se plantó una vegetación de aire “árido y semitropical” (palmitos, yucas y palmeras) para evocar, en lo posible, el paisaje de origen. Y para rematar la ambientación, se excavó delante un estanque muy decorativo, a modo de Nilo artificial, que rodea una plataforma donde se colocaron las dos puertas que preceden al templo.
Vemos las características típicas de la arquitectura egipcia: uso de piedra como material constructivo (lo cual denota perdurabilidad), gola egipcia (decoración cóncava en la parte superior), capiteles vegetales y relieves en el interior. Como es habitual en la arquitectura egipcia, en las entradas hay relieves del disco solar alado, un emblema de protección divina y simboliza el sol cuando realiza su viaje diurno por el cielo. El templo es, por definición, un lugar donde se mantiene el orden cósmico (maat) frente al desorden, por eso se ponen en las entradas.
Es importante recalcar que los templos egipcios no eran lugares para que acudieran los fieles, sino morada de una deidad, donde recibía ofrendas como comida, bebida y ropa, artículos necesarios para su existencia. Por lo tanto, un templo no estaba concebido principalmente como un lugar donde los mortales intentaran obtener el favor divino mediante actos de adoración. Más bien, era una morada donde se celebraban rituales para nutrir a las deidades que asegurarían la prosperidad de la comunidad.
Antiguamente la capilla presentaba un aspecto muy distinto al actual, ya que sus paredes y techo estaban pintados. Los restos de color se perdieron definitivamente en el siglo XX tras su larga inmersión bajo las aguas del lago de Asuán.




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